miércoles, 18 de julio de 2012
Llegas como el aire
Estoy esperando sentada. Observando, leyendo y respirando. Esta ansiosa espera, me delata con el silencio vespertino que me ataca de la espalda; que me roza como el susurro del aire a las hojas altas de los árboles.
Presiento la llegada de tus pasos lentos.
Haz llegado hasta mi silla.
Perpetua felicidad. Añorada sinceridad.
poco quedó de tu boca seca, ya que la besé hasta que volvió a vivir.
miércoles, 4 de abril de 2012
Perecedero
Llanura desolada, abrazame como al agua.
Desibuja mi cuerpo para nacer de nuevo .
Teje entre mis dedos historias mudas para el silencio.
Apaga el fuego con mi llanto, pero no me dejes sin pies cuando acabe el camino.
Dame las alas para volar desnuda.
Quitame las agujas de la espalda para resollar con calma.
Adorna mi pecho con ímpetu para no quedar perpleja en el viaje inminente.
Dame de la mano y gritale a la bóveda celeste que ya soy una pasajera.
lunes, 13 de febrero de 2012
Lo sucio
Siempre que llega aquél jueves, semana por medio,
en aquél motel rasca “la cueva del picaflor”, a las 20 horas. Respiro profundo, con una sonrisa
inquieta, con las manos en los bolsillos; acomodándome la verga que se asoma
por un costado del calzoncillo. Camino por la calle y pienso en que te haré en
ese minuto, de qué forma te cogeré o cuál va a ser nuestro próximo juego.
Evoco tu imagen. Tu cintura de autopista, acompañada de esos senos
enormes, suaves y atentos, mi valle de piel. Tu concha estéril y tersa, ese
suave rincón de piel que te deja en evidencia cuando escupe el placer que te
fluye del cuerpo. Y ese culo esquivo, de misteriosa virginidad; tu esquina
prohibida, el lugar estrecho al que quiero entrar para oírte gritar de placer.
En lo único que pienso es en el día jueves, en recorrer tu cuerpo,
en masturbarte, metiendo mis dedos dentro tuyo, así como destruyendo una obra
maestra, un fresco que escurre pintura desde un pequeño hoyo inmundo, el que yo
toco, sintiendo la mucosidad fresca del oleo.
Llega el jueves bendito. Estabas en esa parada de micros en
Bilbao. Sola, y de brazos cruzados mirando de un lado a otro, buscándome. Hasta
que me detuve frente a ti y me lanzaste una sonrisa formidable.
Llevabas una chaqueta de mezclilla y debajo de ella, un vestido caliente,
de color negro, muy ajustado, que te apretaba las tetas como si estuviesen a
punto de salirse de su escote. Tus piernas se veían magistrales. Tus curvas se
marcaban con esa vestimenta. No hicimos
mas rodeo y te apuraste para subir al auto. Me besaste en la boca
desesperadamente, como si me estuvieses esperando con anhelo y fogosidad. Te
seguí la corriente y mientras te besaba, mis manos se resbalaron hasta tu culo
grande. Tú me dijiste: espérate, después me haces lo que quieras.
Sin más preámbulo aceleré a 70 km por hora, llegamos en 20 minutos
al motel. Me estacioné, te bajaste y nos dirigimos a la habitación número 6.
Dejaste tu cartera y comenzaste sacándome la chaqueta. Tome tu cara y te besé.
Serví unas copas de vino antes de que empezara el show. Luego de unos sorbos te
desnudé, casi rasgándote la ropa. Te besaba el cuello, tus tetas. Mis manos
apretaban tu culo abombado, que me tenía enfermo. Tú te dejaste querer. Gemías
fuerte. Te tiré al suelo. Luego me chupaste la verga, después llegó tu turno y
abrí tus piernas suavemente mientras te estirabas sobre la cama y mi lengua
pasaba lentamente por tu entre pierna, suave, quisquillosa y a la espera de un
orgasmo. Con cada pasada de mi húmeda lengua por tu concha, un gemido espléndido
salía de tu boca carnosa. A la misma vez te ibas tocando tu cuerpo magnánimo y
mis manos desocupadas levantaban tus piernas para tenerte más dentro de mi
boca. Después te volteé y te lo metí por el culo, después por tu flor
monstruosa y te fuiste una, dos, tres, cuatro hasta 5 veces. Yo más tarde terminé como un rey.
A eso de las 5 de la mañana te despertaste y te acercaste a
hablarme, muy de cerca. Yo pensé que querías más. Sin embargo no fueron
palabras las que salieron de tu garganta. Me escupiste un líquido viscoso en la
cara, que tenía un fuerte hedor a entrepierna. Se me adhería a la piel y se
pegaba a mis pestañas.
Heme ahí sentado frente al computador, me quedé dormido con los
pantalones abajo. Me restregué la cara con mi mano predilecta y quité el semen
que aún no había limpiado. Maldita cerda…
sábado, 11 de febrero de 2012
Poesía manoseada
Era una poesía muerta, usada, insípida y cretina.
Observaba el paisaje aburrido y lo convertía en un paraíso
de plástico.
Mentía.
Me abrazaba porque se sentía amenazada.
Besaba a los ciegos para ocultarse
Jamás quiso ser destruida
recordada
No mató, pero sí calló.
Su silencio se ocultó por entre los labios desolados y
coléricos.
Ahora ella se encuentra ahí. Quieta y sigilosa.
Para no ser impasible entre las palabras esquizofrénicas,
manuscritas y leídas,
Muere
jueves, 1 de diciembre de 2011
Si tu nombre fuera Angélica
Ella piensa en cómo decirle al mundo que está cansada.
Intenta hablar con su pensamiento, con el aire, con sus manos, con el sol.
Plasma su karma en la muerte más cercana.
Procura convencer, aquél ente con quien conversa, de su desesperación, de su fatiga. Que los años le pesan.
Que el aliento se retiene por cada suspiro que emana su alma.
Aún así ella ríe, como si le contaran algo con gracia, algo salido de las entrañas.
Una sonrisa leve, pero resignada.
Ella tiene su nombre escondido, pero como yo la veo a la distancia creería que es Angelica.
No parece un ángel, sin embargo sus ojos intranquilos manifiestan un abrigo perpetuo.
Angélica está sentada bajo las sombras para escabullirse de este calor de noviembre, parecido al de enero.
La soltura del viento me permite esgrimir las líneas finales para aquella mujer que me ha inspirado esta tarde.
Como amarga es tu presencia, amargo queda el sabor de mi día. Empero de tu desventura querida Angélica, la certidumbre de tú locura, no me deja sola.
lunes, 29 de agosto de 2011
El hombre de la basura
Camino a casa me encontré con la basura sobrante del día
anterior. Detuve la marcha para ver qué cosas podían desprenderse desde aquél
cúmulo de porquería. Miré entre bolsas negras, pañales con mierda y restos de
comida. De pronto vi que algo en la oscuridad se movía. Divisé la silueta de
una cabeza y el brillo de unos ojos. Parecía un hombre. No estaba segura, pero
vi que tiritaba como un niño bajo la lluvia. Hacía frío. Notó mi presencia y se
introdujo más entre los desperdicios; se escondía. Miré hacia ambos lados de la
calle, percatándome de que nadie se acercara. Aguanté la respiración y metí la
mano entre la inmundicia para encontrar lo que parecía ser un hombre. Estuve
revolviendo el brazo por un buen rato, hasta que sentí algo parecido a las
escamas de un pez. Nada extraño de un basural, aunque el tamaño del lomo que
sentí, me llamó la atención: demasiado grande para el tipo de resina que uno
acostumbra a verse podrir en la sequedad del cemento. Quise arrancar algo de su
piel muerta, pero un quejido y un movimiento brusco que vino desde abajo me
detuvieron. Volví a tocar la profundidad del basural, esta vez con suavidad.
Ahí sentí la piel impasible y mal gastada del hombre que estaba buscando.
Lo tomé de lo que parecía ser una extremidad suya y, lo ayudé a salir. Cuando
intenté hacerlo descubrí que era muy pesado. Es por eso tuve que meter ambas
manos dentro de la basura. Tiré con todas mis fuerzas hasta que por fin salió
de ahí.
Calló sobre mí y, quedé anonadada por la inmensidad de sus
ojos y lo que ellos transmitían: una mezcla de miedo, incomprensión, soledad y
desesperación. Su respiración frenética y la histeria de su expresión me
horrorizaron. Asustada, quise gritar. Cuando intentaba salir despavorida del
lugar, el hombre se puso de pie, tomó de mis manos y me levantó
diciendo: “tengo frío. Abrázame”. Su voz estaba algo tembladera, sin embargo
habló con una claridad que me sorprendió mucho.
Me puse de pie, pero aún no estaba en mis cabales, es por
eso que no hice nada, sólo observé lo que el hombre hacía. Y como me vio
asustada comenzó a sollozar.
Lo rodee con mis brazos, tan delgados y débiles como el
cuerpo que tenía en frente. El hombre sonrió y me respondió con otro abrazo, me
cubrió con los desperdicios que le colgaban del cabello, brazos y cuello.
A pesar de su demostración amistosa. Su aroma me resultaba
repugnante, y su cuerpo algo enfermizo y descarnado.
Después de habernos revelado un poco de confianza, le dije
que saliera de ahí para que me acompañase. El hombre en respuesta me tartamudeó
en un lenguaje inteligible, como tratando de imitarme con su voz serena, la que
quizás calmaba hasta la ventisca más impetuosa del invierno.
Pese a que procuraba emitir las palabras correctas. La
disonancia que reproducía solo me permitieron escuchar: “viene el camión de la
basura”.
Y fue así como a la vuelta de la calle “El Peral” se asomaba
la nariz metálica de un enorme camión. Entre sus latas oxidadas el vehículo
acarreaba un enjambre de moscas y un par de hombres que colgaban desde sus
extremos. Me quedé observando su trayecto mientras se acercaban hacia nosotros.
Se movía de manera errática y veloz, como si lo condujera un ebrio. El vehículo
se detuvo cerca donde estábamos y, con su pestilencia convirtió el hedor del
aire, en veneno.
Tres tipos se nos acercaban. Uno de ellos era bajo, aunque
no parecía ser su altura real. Estaba encorvado como si hubiera quedado así de
tanto buscar en el suelo. Tenía la piel amarilla, los ojos cansados y, el
rostro como papel arrugado. Una derrota viviente del tabaco. Los
otros dos sujetos que venían con él parecían ser hermanos. Si no fuera por las
cicatrices y los agujeros asimétricos de los dientes incompletos que había en
uno de ellos, hubiese pensado que eran gemelos.
Rápidamente llegaron a su destino y comenzaron a cargar las bolsas de basura dentro del camión. El hombre y yo nos quedamos juntos mirando lo que hacían los tres tipos. Trabajaban sin hablar, ni titubear; de forma automática. De pronto uno de ellos levantó la cabeza y dirigió una mirada cansada y penetrante hacia nosotros y por primera vez se miraron entre ellos. Con una especie de seña dieron a entender que debían tomar al hombre para tirarlo adentro también, como si de otro bulto se tratase. Tras percatarme de aquello, me apee vertiginosamente al lado del hombre.
Cuando se aproximaron los traté de detener, pero me
ignoraron. Sólo bastó un manotazo por parte de uno de ellos para que yo saliera
volando hacia el pavimento. Todo esto pasaba en fracciones de segundos. Ellos
daban a entender que todo lo que hacían era por inercia. Y no por sentido
común. O por lo menos eso era lo que yo veía.
Entre los tres tomaron toda la extraña humanidad del hombre,
mientras yo gritaba con ira y agitación. Estos parecían ahogar los del hombre,
porque en ningún momento lo oí gritar. Y tampoco creo haberlo visto patalear.
Se acercaron a la parte de atrás del carro y arrojaron al
ser a la máquina compresora. Y oprimieron el botón que inmortalizaría aquél
instante.
Con el horror más profundo lancé un grito que raspó mi
garganta y sin pensarlo cargué nuevamente contra uno de los sujetos.
Nuevamente todo fue en vano y me llevé una tremenda bofetada, de esas
que se dan cuando molesta una mosca cerca de la cara.
Tumbada en el suelo, logré distinguir un sonido que me cortó
la respiración. Un ensordecedor crujido, parecido al de una retroexcavadora
comprimiendo todo lo que en ella había.
El estruendo de materiales que acarreaba la placa metálica,
pareció detenerse cuando se hizo presente un ruido similar al de un hueso
fracturándose. Corrí hacia la parte trasera del camión y la máquina volvió a
funcionar haciendo un estrépito superior al de antes.
Contemplé el cuerpo del hombre comprimirse como el de un
muñeco. Con las piernas torcidas de manera inhumana. No sabía
exactamente qué sucedía, todo me parecía muy difuso. No comprendía el encuentro
misterioso entre ese hombre y yo. Lo taciturno de la situación; lo incoherente
de los personajes del camión y la resonancia de las imágenes que se formaban en
la parte trasera de aquél instrumento que ceñía al ser vulnerable e impío como
si fuese nada.
Finalmente el camión volvió a expulsar humo de sus pulmones
y reanudó la marcha. Los hombres subieron sin que hubiese podido intentar
producir algún grito de auxilio.
Entre un escondrijo del carro, pude otear una figura que se
formaba en la basura, la que se componía por materiales irreconocibles.
Orgánicos o inorgánicos, no lo pude saber. Sólo era una constelación hecha de
mugre que se asemejaba a la cara del hombre, que me sonreía y se
despedía.
Al término del proceso de recolección de basura, me quedé
sentada en la mitad de la calle, aturdida, confundida y sobre todo noqueada,
acompañando con la mirada la marcha de aquél vehículo infernal. El que se lleva
dos veces a la semana la suciedad que se emana de las casas.
sábado, 13 de agosto de 2011
Soy la hija
Caigo como una rama del árbol aquél, que se enfrenta a la maldad del humano.
Soy la hija quien hace de madre. Soy la hija que rehuye de sus deberes para dar templanza a ellos que lo necesitan.
Me llaman hija en la sobriedad y me llaman traicionera, en lo impúdico de su paternidad.
Lloro, porque intento creer en sus promesas. Son los padres comprensivos, libertinos y cariñosos. Empero de su seuda honestidad hacia mi persona. Nos clavan dagas deshonestas, a causa de su beodo estado.
Yo amo a aquella mujer, que ha sufrido los delirios de la vida. Que ha matado su tiempo en el trabajo, por traer el pan que alimenta nuestros cuerpos. Ella es la culpable de mi ventura y desventura. Eres quien amo y quien odio.
Tal vez el día de mañana por fin comprendas qué siento yo cuando te veo así. Cuando me veo en el espejo, idéntica a ti, mi rostro se ilumina como el destello del primer rayo de sol que se asoma por la cordillera. No obstante, me deshago en el suelo que me espera caer, cuando me veo en el mismo espejo, con los ojos cristalinos, con las mejillas rasgadas por el paso del papel para secarla cuando lloro. Aún así, ilusa y niña como hasta hoy lo muestran mis facciones. Espero que un día mi querida madre consigas ser feliz sin tener que entrar en aquél cúmulo de embriagadez literal.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)





