Tengo la memoria perdida.
La cabeza de bicho y las amígdalas empañadas de sal.
Me duele pensar en pasado.
Me carcome la vida entera pensar
solo pensar
me ahogo
Me odio, me odio. Así tal cual he renacido para morir
viernes, 23 de mayo de 2014
miércoles, 21 de mayo de 2014
Evocación a la perfidia
Nublado estás.
La lluvia rígida se acongoja de miedo por tus entrañas.
La lluvia rígida se acongoja de miedo por tus entrañas.
Habías olvidado qué significaba odiar.
Iracundas planicies desbordan tu locura,
De las flores podridas;
de la rabia imperecedera
Los pastos verdes se tornan amarillentos y rancios
Era la hora de abrazar lo que habías olvidado
Había llegado el tiempo para tomarte de los pies.
Era la tempestad vacía que te saludaba desde el inframundo
Era la mujer pálida que miraba
Era yo, la que te decía que todo iba a estar peor. La mañana
Un papel colgado en la pared
Unos pelos sueltos enredados en el cuello
Migas de pan en el suelo y en la cama
Olor a sexo
Olor a besos mezquinos y maquillaje corrido
Un cigarro muerto en el velador
Putrefacto
En el papel dice que te vas
Te levantas; miras por la ventana; suspiras
Enmudeces
las palabras
domingo, 1 de septiembre de 2013
Mawënn
No te acabes maun, que me quedo sin aire.
No te acabes agua de movimiento; de bonanza y rudimento.
No te acabes gota de aguacero que inundas mi fehaciente tranquilidad.
No te me vayas lejos, que la intemperie me azota sin tregua.
No me dejes desnuda y temerosa frente al porvenir.
Aguanta mi tempestividad y recoge mi labia de soledad.
Que llora.
Aférrate a mi ansiedad como si fuese parte de tu estructura.
Ahuyenta al grito de desasosiego que mi cuerpo se estremece
y muere.
Tómame mientras duermo para no sentir tu ausencia.
Despójame del iluso pensamiento en el que vivo;
Para que cuando abra mis ojos, recuerde que nunca estuviste
aquí.
Lloviendo.
jueves, 23 de mayo de 2013
velada
Qué poeta ha de intervenir en el papel blanco, cuando tiene en su puñal
la sangre
de su historia.
La penumbra de lo innombrable; lo invariable de la soledad y el
ruido de las tripas
titilantes.
Siento ganas de presionar la tierra,
convertir lo seco en fuego.
Ando con el rencor expuesto en mis venas.
Me estoy comiendo la materia con los ojos.
Estoy escupiendo palabras hexagonales.
Hoyos de estremecimiento.
Llovizna de tejados sucios.
Una naturaleza esquizofrénica me inunda hasta el cuello.
Me deja con las manos nerviosas.
Incapacitada y estúpida ante este papel que me grita.
Quiero sentirme calma para que la verborrea me acongoje y me permita
exprimir
lo que en mí cerebro caprichoso se almacena.
lo que en mí cerebro caprichoso se almacena.
Esperaré; impoluta hasta que lleguen aquí,
aquellas palabras que nunca vienen.
martes, 4 de diciembre de 2012
Una palabra constante
A veces me quiero morir. Me quiero ahogar en un pozo
infinito. Llevarme las garras sucias que rasgan mi espalda. Hundir el pesar de
mi dolor y callar por fin la angustia piadosa que me tira de los pies.
Las somnolientas noches de cansancio no me dejan vivir. No me
dejan existir. Yo quiero reír.
La tranquilidad se vuelve un anhelo de niña; un deseo de
cumpleaños ¿Es acaso este muro de lamentos que se dispara como cohete, el que
me impide avanzar?
Un respiro, solo uno te pido. Déjame yacer en la penumbra de
la quebrada. Morir. Cerrar los ojos. Olvidar las lágrimas. Arrinconar las penas
y descansar.
El espacio que habito no es de nadie, sin embargo es como si
fuera del demonio.
El día que fuimos invadidos por armas y religiones morbosas, perdimos todo. El alma, el amor, la humildad y la bondad. Ahora abrimos las piernas por poder y abandonamos sueños por falta de aquél elemento hediondo llamado dinero. Te escupo una y mil veces y si pudiera te cagaría.
El día que fuimos invadidos por armas y religiones morbosas, perdimos todo. El alma, el amor, la humildad y la bondad. Ahora abrimos las piernas por poder y abandonamos sueños por falta de aquél elemento hediondo llamado dinero. Te escupo una y mil veces y si pudiera te cagaría.
Siento una rabia incontrolable; un aullido escondido en la
garganta como si una jauría estuviese a punto de ladrar.
Tengo un llanto apaciguado en mi estomago. Una llanura
desolada y tímida.
En mis muslos escondo venas rotas. Y en mis pies, caminatas
eternas.
Soy un espécimen deforme. Una llaga infinita. Un cúmulo de
mierda y odio.
Si ponerme una bala en la sien o una cuerda alrededor del
cuello solucionara los problemas, yo estaría tirada en el olvido. Sin embargo, tengo
una zarpa que me empuja; unas piernas que no me abandonan y un corazón
chorreante de sangre para tirarle encima a
quienes se me crucen.
Pero aún quiero morirme. Pero no hoy. Tal vez mañana.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Pesadilla
Estoy opaca, ensimismada y atormentada.
Me encuentro en la llamarada agonizante de la pasión. En esa que te cubre el pecho de vergüenza y cinismo.
Me escondo en la oscuridad latente, donde aparece el abrazo quebrado del duelo que me rasguñó la espalda descubierta de dolor.
Me debato como en una batalla con el amor misterioso que me entregas y el amor vicioso y enfermizo con el que te amo yo.
Intento ver en el fondo moribundo de la soledad impura, como me llamas. Como te haces pasar por el hombre que se cree mi amante y mi espejismo casual.
Me llamas iracundo y confundido.
Me gritas loca.
Desde la lejanía me abres la boca que vocifera mi demencia.
Cierras los ojos y no miras mis rodillas cansadas y mis manos agobiadas.
En mi desventura, corro por la tierra que no me acoge ni me entiende.
Me siento sobre el barro avellano y húmedo para ver a través de la nada, un algo de respuesta.
Ya se acerca la penumbra que me invita a morir en la cristalina dicha de apuñalar mi alma ciega.
Toma de mis dedos para llegar al puñal que enterraré en mi pasado imperecedero y mi terrible realidad.
Por hoy, solo me queda viajar por el sendero infausto, hasta perecer en el más ausente manifiesto de ilusa catarsis.
miércoles, 18 de julio de 2012
Llegas como el aire
Estoy esperando sentada. Observando, leyendo y respirando. Esta ansiosa espera, me delata con el silencio vespertino que me ataca de la espalda; que me roza como el susurro del aire a las hojas altas de los árboles.
Presiento la llegada de tus pasos lentos.
Haz llegado hasta mi silla.
Perpetua felicidad. Añorada sinceridad.
poco quedó de tu boca seca, ya que la besé hasta que volvió a vivir.
miércoles, 4 de abril de 2012
Perecedero
Llanura desolada, abrazame como al agua.
Desibuja mi cuerpo para nacer de nuevo .
Teje entre mis dedos historias mudas para el silencio.
Apaga el fuego con mi llanto, pero no me dejes sin pies cuando acabe el camino.
Dame las alas para volar desnuda.
Quitame las agujas de la espalda para resollar con calma.
Adorna mi pecho con ímpetu para no quedar perpleja en el viaje inminente.
Dame de la mano y gritale a la bóveda celeste que ya soy una pasajera.
lunes, 13 de febrero de 2012
Lo sucio
Siempre que llega aquél jueves, semana por medio,
en aquél motel rasca “la cueva del picaflor”, a las 20 horas. Respiro profundo, con una sonrisa
inquieta, con las manos en los bolsillos; acomodándome la verga que se asoma
por un costado del calzoncillo. Camino por la calle y pienso en que te haré en
ese minuto, de qué forma te cogeré o cuál va a ser nuestro próximo juego.
Evoco tu imagen. Tu cintura de autopista, acompañada de esos senos
enormes, suaves y atentos, mi valle de piel. Tu concha estéril y tersa, ese
suave rincón de piel que te deja en evidencia cuando escupe el placer que te
fluye del cuerpo. Y ese culo esquivo, de misteriosa virginidad; tu esquina
prohibida, el lugar estrecho al que quiero entrar para oírte gritar de placer.
En lo único que pienso es en el día jueves, en recorrer tu cuerpo,
en masturbarte, metiendo mis dedos dentro tuyo, así como destruyendo una obra
maestra, un fresco que escurre pintura desde un pequeño hoyo inmundo, el que yo
toco, sintiendo la mucosidad fresca del oleo.
Llega el jueves bendito. Estabas en esa parada de micros en
Bilbao. Sola, y de brazos cruzados mirando de un lado a otro, buscándome. Hasta
que me detuve frente a ti y me lanzaste una sonrisa formidable.
Llevabas una chaqueta de mezclilla y debajo de ella, un vestido caliente,
de color negro, muy ajustado, que te apretaba las tetas como si estuviesen a
punto de salirse de su escote. Tus piernas se veían magistrales. Tus curvas se
marcaban con esa vestimenta. No hicimos
mas rodeo y te apuraste para subir al auto. Me besaste en la boca
desesperadamente, como si me estuvieses esperando con anhelo y fogosidad. Te
seguí la corriente y mientras te besaba, mis manos se resbalaron hasta tu culo
grande. Tú me dijiste: espérate, después me haces lo que quieras.
Sin más preámbulo aceleré a 70 km por hora, llegamos en 20 minutos
al motel. Me estacioné, te bajaste y nos dirigimos a la habitación número 6.
Dejaste tu cartera y comenzaste sacándome la chaqueta. Tome tu cara y te besé.
Serví unas copas de vino antes de que empezara el show. Luego de unos sorbos te
desnudé, casi rasgándote la ropa. Te besaba el cuello, tus tetas. Mis manos
apretaban tu culo abombado, que me tenía enfermo. Tú te dejaste querer. Gemías
fuerte. Te tiré al suelo. Luego me chupaste la verga, después llegó tu turno y
abrí tus piernas suavemente mientras te estirabas sobre la cama y mi lengua
pasaba lentamente por tu entre pierna, suave, quisquillosa y a la espera de un
orgasmo. Con cada pasada de mi húmeda lengua por tu concha, un gemido espléndido
salía de tu boca carnosa. A la misma vez te ibas tocando tu cuerpo magnánimo y
mis manos desocupadas levantaban tus piernas para tenerte más dentro de mi
boca. Después te volteé y te lo metí por el culo, después por tu flor
monstruosa y te fuiste una, dos, tres, cuatro hasta 5 veces. Yo más tarde terminé como un rey.
A eso de las 5 de la mañana te despertaste y te acercaste a
hablarme, muy de cerca. Yo pensé que querías más. Sin embargo no fueron
palabras las que salieron de tu garganta. Me escupiste un líquido viscoso en la
cara, que tenía un fuerte hedor a entrepierna. Se me adhería a la piel y se
pegaba a mis pestañas.
Heme ahí sentado frente al computador, me quedé dormido con los
pantalones abajo. Me restregué la cara con mi mano predilecta y quité el semen
que aún no había limpiado. Maldita cerda…
sábado, 11 de febrero de 2012
Poesía manoseada
Era una poesía muerta, usada, insípida y cretina.
Observaba el paisaje aburrido y lo convertía en un paraíso
de plástico.
Mentía.
Me abrazaba porque se sentía amenazada.
Besaba a los ciegos para ocultarse
Jamás quiso ser destruida
recordada
No mató, pero sí calló.
Su silencio se ocultó por entre los labios desolados y
coléricos.
Ahora ella se encuentra ahí. Quieta y sigilosa.
Para no ser impasible entre las palabras esquizofrénicas,
manuscritas y leídas,
Muere
jueves, 1 de diciembre de 2011
Si tu nombre fuera Angélica
Ella piensa en cómo decirle al mundo que está cansada.
Intenta hablar con su pensamiento, con el aire, con sus manos, con el sol.
Plasma su karma en la muerte más cercana.
Procura convencer, aquél ente con quien conversa, de su desesperación, de su fatiga. Que los años le pesan.
Que el aliento se retiene por cada suspiro que emana su alma.
Aún así ella ríe, como si le contaran algo con gracia, algo salido de las entrañas.
Una sonrisa leve, pero resignada.
Ella tiene su nombre escondido, pero como yo la veo a la distancia creería que es Angelica.
No parece un ángel, sin embargo sus ojos intranquilos manifiestan un abrigo perpetuo.
Angélica está sentada bajo las sombras para escabullirse de este calor de noviembre, parecido al de enero.
La soltura del viento me permite esgrimir las líneas finales para aquella mujer que me ha inspirado esta tarde.
Como amarga es tu presencia, amargo queda el sabor de mi día. Empero de tu desventura querida Angélica, la certidumbre de tú locura, no me deja sola.
lunes, 29 de agosto de 2011
El hombre de la basura
Camino a casa me encontré con la basura sobrante del día
anterior. Detuve la marcha para ver qué cosas podían desprenderse desde aquél
cúmulo de porquería. Miré entre bolsas negras, pañales con mierda y restos de
comida. De pronto vi que algo en la oscuridad se movía. Divisé la silueta de
una cabeza y el brillo de unos ojos. Parecía un hombre. No estaba segura, pero
vi que tiritaba como un niño bajo la lluvia. Hacía frío. Notó mi presencia y se
introdujo más entre los desperdicios; se escondía. Miré hacia ambos lados de la
calle, percatándome de que nadie se acercara. Aguanté la respiración y metí la
mano entre la inmundicia para encontrar lo que parecía ser un hombre. Estuve
revolviendo el brazo por un buen rato, hasta que sentí algo parecido a las
escamas de un pez. Nada extraño de un basural, aunque el tamaño del lomo que
sentí, me llamó la atención: demasiado grande para el tipo de resina que uno
acostumbra a verse podrir en la sequedad del cemento. Quise arrancar algo de su
piel muerta, pero un quejido y un movimiento brusco que vino desde abajo me
detuvieron. Volví a tocar la profundidad del basural, esta vez con suavidad.
Ahí sentí la piel impasible y mal gastada del hombre que estaba buscando.
Lo tomé de lo que parecía ser una extremidad suya y, lo ayudé a salir. Cuando
intenté hacerlo descubrí que era muy pesado. Es por eso tuve que meter ambas
manos dentro de la basura. Tiré con todas mis fuerzas hasta que por fin salió
de ahí.
Calló sobre mí y, quedé anonadada por la inmensidad de sus
ojos y lo que ellos transmitían: una mezcla de miedo, incomprensión, soledad y
desesperación. Su respiración frenética y la histeria de su expresión me
horrorizaron. Asustada, quise gritar. Cuando intentaba salir despavorida del
lugar, el hombre se puso de pie, tomó de mis manos y me levantó
diciendo: “tengo frío. Abrázame”. Su voz estaba algo tembladera, sin embargo
habló con una claridad que me sorprendió mucho.
Me puse de pie, pero aún no estaba en mis cabales, es por
eso que no hice nada, sólo observé lo que el hombre hacía. Y como me vio
asustada comenzó a sollozar.
Lo rodee con mis brazos, tan delgados y débiles como el
cuerpo que tenía en frente. El hombre sonrió y me respondió con otro abrazo, me
cubrió con los desperdicios que le colgaban del cabello, brazos y cuello.
A pesar de su demostración amistosa. Su aroma me resultaba
repugnante, y su cuerpo algo enfermizo y descarnado.
Después de habernos revelado un poco de confianza, le dije
que saliera de ahí para que me acompañase. El hombre en respuesta me tartamudeó
en un lenguaje inteligible, como tratando de imitarme con su voz serena, la que
quizás calmaba hasta la ventisca más impetuosa del invierno.
Pese a que procuraba emitir las palabras correctas. La
disonancia que reproducía solo me permitieron escuchar: “viene el camión de la
basura”.
Y fue así como a la vuelta de la calle “El Peral” se asomaba
la nariz metálica de un enorme camión. Entre sus latas oxidadas el vehículo
acarreaba un enjambre de moscas y un par de hombres que colgaban desde sus
extremos. Me quedé observando su trayecto mientras se acercaban hacia nosotros.
Se movía de manera errática y veloz, como si lo condujera un ebrio. El vehículo
se detuvo cerca donde estábamos y, con su pestilencia convirtió el hedor del
aire, en veneno.
Tres tipos se nos acercaban. Uno de ellos era bajo, aunque
no parecía ser su altura real. Estaba encorvado como si hubiera quedado así de
tanto buscar en el suelo. Tenía la piel amarilla, los ojos cansados y, el
rostro como papel arrugado. Una derrota viviente del tabaco. Los
otros dos sujetos que venían con él parecían ser hermanos. Si no fuera por las
cicatrices y los agujeros asimétricos de los dientes incompletos que había en
uno de ellos, hubiese pensado que eran gemelos.
Rápidamente llegaron a su destino y comenzaron a cargar las bolsas de basura dentro del camión. El hombre y yo nos quedamos juntos mirando lo que hacían los tres tipos. Trabajaban sin hablar, ni titubear; de forma automática. De pronto uno de ellos levantó la cabeza y dirigió una mirada cansada y penetrante hacia nosotros y por primera vez se miraron entre ellos. Con una especie de seña dieron a entender que debían tomar al hombre para tirarlo adentro también, como si de otro bulto se tratase. Tras percatarme de aquello, me apee vertiginosamente al lado del hombre.
Cuando se aproximaron los traté de detener, pero me
ignoraron. Sólo bastó un manotazo por parte de uno de ellos para que yo saliera
volando hacia el pavimento. Todo esto pasaba en fracciones de segundos. Ellos
daban a entender que todo lo que hacían era por inercia. Y no por sentido
común. O por lo menos eso era lo que yo veía.
Entre los tres tomaron toda la extraña humanidad del hombre,
mientras yo gritaba con ira y agitación. Estos parecían ahogar los del hombre,
porque en ningún momento lo oí gritar. Y tampoco creo haberlo visto patalear.
Se acercaron a la parte de atrás del carro y arrojaron al
ser a la máquina compresora. Y oprimieron el botón que inmortalizaría aquél
instante.
Con el horror más profundo lancé un grito que raspó mi
garganta y sin pensarlo cargué nuevamente contra uno de los sujetos.
Nuevamente todo fue en vano y me llevé una tremenda bofetada, de esas
que se dan cuando molesta una mosca cerca de la cara.
Tumbada en el suelo, logré distinguir un sonido que me cortó
la respiración. Un ensordecedor crujido, parecido al de una retroexcavadora
comprimiendo todo lo que en ella había.
El estruendo de materiales que acarreaba la placa metálica,
pareció detenerse cuando se hizo presente un ruido similar al de un hueso
fracturándose. Corrí hacia la parte trasera del camión y la máquina volvió a
funcionar haciendo un estrépito superior al de antes.
Contemplé el cuerpo del hombre comprimirse como el de un
muñeco. Con las piernas torcidas de manera inhumana. No sabía
exactamente qué sucedía, todo me parecía muy difuso. No comprendía el encuentro
misterioso entre ese hombre y yo. Lo taciturno de la situación; lo incoherente
de los personajes del camión y la resonancia de las imágenes que se formaban en
la parte trasera de aquél instrumento que ceñía al ser vulnerable e impío como
si fuese nada.
Finalmente el camión volvió a expulsar humo de sus pulmones
y reanudó la marcha. Los hombres subieron sin que hubiese podido intentar
producir algún grito de auxilio.
Entre un escondrijo del carro, pude otear una figura que se
formaba en la basura, la que se componía por materiales irreconocibles.
Orgánicos o inorgánicos, no lo pude saber. Sólo era una constelación hecha de
mugre que se asemejaba a la cara del hombre, que me sonreía y se
despedía.
Al término del proceso de recolección de basura, me quedé
sentada en la mitad de la calle, aturdida, confundida y sobre todo noqueada,
acompañando con la mirada la marcha de aquél vehículo infernal. El que se lleva
dos veces a la semana la suciedad que se emana de las casas.
sábado, 13 de agosto de 2011
Soy la hija
Caigo como una rama del árbol aquél, que se enfrenta a la maldad del humano.
Soy la hija quien hace de madre. Soy la hija que rehuye de sus deberes para dar templanza a ellos que lo necesitan.
Me llaman hija en la sobriedad y me llaman traicionera, en lo impúdico de su paternidad.
Lloro, porque intento creer en sus promesas. Son los padres comprensivos, libertinos y cariñosos. Empero de su seuda honestidad hacia mi persona. Nos clavan dagas deshonestas, a causa de su beodo estado.
Yo amo a aquella mujer, que ha sufrido los delirios de la vida. Que ha matado su tiempo en el trabajo, por traer el pan que alimenta nuestros cuerpos. Ella es la culpable de mi ventura y desventura. Eres quien amo y quien odio.
Tal vez el día de mañana por fin comprendas qué siento yo cuando te veo así. Cuando me veo en el espejo, idéntica a ti, mi rostro se ilumina como el destello del primer rayo de sol que se asoma por la cordillera. No obstante, me deshago en el suelo que me espera caer, cuando me veo en el mismo espejo, con los ojos cristalinos, con las mejillas rasgadas por el paso del papel para secarla cuando lloro. Aún así, ilusa y niña como hasta hoy lo muestran mis facciones. Espero que un día mi querida madre consigas ser feliz sin tener que entrar en aquél cúmulo de embriagadez literal.
lunes, 1 de agosto de 2011
El verso
Pobre verso desvalido.
Almidonado entre la multitud como un simple verso.
Para mí, eres poesía, incertidumbre y consuelo
Te paseas a diario por entre los labios sabios y mustios.
Mi querido y fidedigno verso, heme aquí como un simple pincel que abusa de la certeza pasajera.
Heme aquí como una tinta indeleble y olvidada, como la palabra.
Heme aquí, como lo único que soy.
La impresión de tus vocablos.
La pluma que acarrea con tu lenguaje. Sin final, sin contexto y sin un preámbulo real.
Eres iluso y desvarías como un loco cuerdo de la calle
Empero de ello, sigo aquí, saltándome las perífrasis sosegadas que te detienen, para hacerte avanzar en los periplos de tu mester
sábado, 21 de mayo de 2011
Retrato
Coqueta inverosímil. Vacío porvenir.
Deseo de esperanzas; enseñanza idiota de mis tristezas.
Soy una lluvia cálida y llorona.
Soy una lluvia cálida y llorona.
Soy una muleta con astillas; una meza con tres patas y una imperfecta romántica.
Juanete esquizofrénico;
Libertinaje absurdo
Juanete esquizofrénico;
Libertinaje absurdo
Soy una puta con apellido; una innombrable asesina.
Tengo una lengua repleta de palabrotas, credos pordioseros y una falsa conciencia.
Literata autodidacta;
Pobre hasta la eternidad
Pobre hasta la eternidad
Soy cascarrabias y muero constantemente en mi lecho barroso.
Soy la mujer de palo, de cemento y musgo.
Soy la esencia pura de la lejanía
El verso incalculable
La verdad condenada
Soy la esencia pura de la lejanía
El verso incalculable
La verdad condenada
miércoles, 23 de febrero de 2011
...
Ayer me desperté y no dije nada coherente.
Vociferé al viento silencioso que estaba loca. El viento aquél me levantó con fuerzas y me dejó caer, diciendome que la vida era así y que yo me estaba convirtiendo en nada.
Me hizo jurarle que intentaría caminar y que dejaría guardado entre los escombros del llanto un esperanza desconocida.
Hoy, ya no amo a nadie
Hoy, me envuelvo en el suspiro desalentador de la pena
Hoy, recojo los pedazos de mi piel que dejé caer por ahí.
Sin embargo hoy... yo quiero levantarme y vivir
domingo, 7 de noviembre de 2010
Quizás
Está ahí, durmiendo, observando por entre sus sueños los paisajes temidos, inalcanzables, tétricos y bellos.
Se encuentra caminando por las piedras, por el agua del río que se acaba.
A veces viene a contarme sus viajes. A veces corre para alcanzarme. Sin embargo, no siempre puede tomarme de la mano para llevarme con él.
Me digo a mi misma que él no quiere volver a estar aquí para acompañarme por siempre. Pero le digo gritándole que quisiera perderme entre sus pensamientos y sus brazos.
Lo único que se regocija en mi memoria son sus palabras y las tan inquietantes ocasiones de encuentros entre nuestros cuerpos agitados por las caricias y el deseo de ser devorados.
Hoy, él está aquí, despierto vociferandole al mundo que me ama.
jueves, 4 de noviembre de 2010
El amor de antes

El viejo Juan se sentaba todas las mañanas afuera de su casa en un banquita que tenía más años que él, pero aún sostenía el peso de aquél fiel degustador del tinto matutino.
A Don Juan no le caían más años en el cuerpo, sin embargo las historias que alojaban sus canas no se comparaban con ninguna anécdota provinciana.
El viejo Juan todavía me cuenta que en sus tiempos uno se enamoraba una vez y, no como como los "cabros de ahora", como dice él, que reparten para todas partes, los besos y las manos.
El

Hoy fui testigo de las palabras de él. Aquél indescriptible ser que arrasa con la velocidad del habla. Él destruye cosas pero las vuelve a crear. Si pudiese escapar lejos de todo, quedaría aislado en compañía de la experiencia y sus manos temerosas pero fuertes.
Él quiere abandonar todo para comenzar a descubrir.
A veces me quiere olvidar para volver a empezar. Anhela dejar atrás lo aprendido y errado, para educarse y desacertar nuevamente.
Él quiere volver a nacer para gritar sin ser censurado. No quiere ataduras ni tristezas. Quiere amar sin llorar. Escribir sin matar y por sobre todas las cosas, él quiere vivir
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